Dicen que la vejez es una enfermedad inevitable y sin cura hacia la que todos estamos encaminados, y yo lo noto, me estoy haciendo viejo, amigarrobas, es un hecho. Ya no acepto de otras bocas los argumentos que acostumbraba a esgrimir hace unos años ni contemplo con la misma vehemencia la actitud de algunos jóvenes cuando salen de fiesta. Ah, el continuo e imparable fluir del tiempo que todo pone en su sitio me está ubicando a mí en los umbrales de la puretidad.
El sábado por la noche asistí de mala gana, por razones profesionales, a un evento organizado por las Juventudes de Coalición Canaria, junto a la iglesia de La Concepción de Santa Cruz, con motivo de la celebración del Día de la Bandera Nacional Canaria. ¡Cágate! Cuando yo en mis tiempos mozos iba hasta el Barranco de La Matanza a tocar el bucio con 4 tronados, de esos de más de 40 años, que se llamaban patriotas unos a otros. ¡Me quedé loco, amigarrobas! Recordé aquellos tiempos, hace ya casi 10 años, en los que un grupo de estudiantes de la ULL inundábamos la calle de La Jarra, en el cuadrilátero lagunero, forrados en banderas y haciendo estallar las chácaras y los tambores, reivindicando un espacio digno para la identidad canaria entre toda aquella masa ebria. ¿Y qué recibíamos? Tibias miradas incomprensibles, dipsómanos intereses a la larga infecundos y reprobaciones pijeriles buenrollistas de corte cosmopolita. Sin embargo, llegan las Juventudes de CC con las cañas a 50 céntimos, un grupito de versiones de pop - rock español y dos notas pinchando house (el médico no, la música machacona), y aquello se empeta a lo bestia de amantes de las siete estrellas verdes. Sí, amigarrobas, a pesar de que las segundas personas del plural se paseaban a sus anchas de esquina a esquina, las omnipresentes pegatinas de la bandera se adherían como si nada a los polos Lacoste y los trajitos de verano de la pibada.
Ya en el tranvía de camino a casa, tuve la oportunidad de toparme con el eterno pureta quemado del consabido discurso facha, sólo que esta vez los elementos Franco y España habían sido sustituídos por Bereber (¡mira tú, un bereber no se llamaría de esa manera a sí mismo!) y Canarias. Cuando le llegó la parada al coñazo de pureta colocado, y mientras intentaba bajarse por la puerta que no era, en aquel habitáculo lleno de jóvenes ebrios del siglo XXI, todo aquel sentido de lucha por "lo nuestro" que yo percibía en mis tiempos se estaba distorsionando lisérgicamente, pero de manera inevitable, también estaba avanzando hacia alguna parte.





No hay comentarios:
Publicar un comentario
Escriba aquí sus comentarios para El Rey