lunes, 19 de octubre de 2009

Y todo a media luz

Los domingos son días habituales de recogimiento y meditación, si el mismísimo hacedor del universo tuvo la iniciativa en su momento de descansar al séptimo día, ¿quiénes somos nosotros ahora, tristes mortales, para contradecirle? Así que ayer por la noche, acatando a tope los designios divinos, hecho fuerte en el sofá y cometiendo todo tipo de bizarradas gastronómicas y del vestir, sucedió algo impredicible y fantástico:

¡¡¡ Se fue la luz !!!

Sí, amigarrobas, ese flujo ininterrumpido de electrones que recorre habitualmente las entrañas de nuestros hogares se esfumó dejándome sumido en la más profunda negritud. A tientas llegué por el pasillo hasta la gaveta de las velas y saqué una, partida y con la mecha carbonizada, que al final, después de quemarme varias veces el índice, conseguí encender.

El alumbrado público también había fallado y los callejones que habitualmente alcanzaba a ver ahora se sumían en la oscuridad más profunda. Un grupo de pibes jugaba a enfocarse con linternas desde una ventana a la otra; un hombre había salido a la calle para guiar a una señora mayor perdida en medio de aquella lobreguez; un puñado de risas anónimas deambulaban de esquina a esquina en aquella nada impertérrita cuando, de pronto, la voz de una niña se elevó claramente emocionada:

- ¡Mamá, mira el cielo!

En efecto, amigarrobas, las estrellas brillaban con una fuerza inusitada ocupando todo el espacio que habitualmente llena el amarillo cansado de las viejas farolas. En el edificio de enfrente, una pareja que cenaba ante la tele sin mediar palabra se había puesto a cogerse la mano y a hacer bromas en plan romanticón bajo la moderada luz de las velas.


Entonces volvió la luz


Y toda aquella magia espontánea desapareció bajo el amarillo de la vieja incandescencia. Las linternas perdieron su sentido y las anónimas risas encontraron dueños junto a una escalera llena de cáscaras de pipas. Aquella estancia cálida y acogedora en la que se había transformado el cuarto de la tele a la luz de las velas, volvía a tomar forma de puta leonera ante la aplastante veracidad de las bombillas de bajo consumo. La enamorada pareja del edificio de enfrente dejó de hablar y de mirarse entregándose de nuevo al hipnótico baile de los rayos catódicos, y los invitados de Iker Jiménez, perplejos, contemplaban en torno a una mesa como el cráneo de Hitler pertenecía en realidad a una mujer.

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