miércoles, 11 de noviembre de 2009

La tiranía de lo correcto


Decía el amigo Hobbes, allá por el siglo XVII, que los seres humanos somos todos una manada de cabrones los unas con las otros. Tanto es así, que para convivir en paz y armonía, necesitamos la inestimable ayuda del Leviatán, una especie de gran hijo de puta bíblico que se encargaría de estallar como una pita a todo aquel que se alejara de lo correcto. Ahora bien, amigarrobas, ¿quién decide qué es lo correcto?

En nuestros días, a casi 4 siglos ya de aquella obra titulada "Leviatán, o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil", el Estado se comporta igual que la temible bestia marina del Antiguo Testamento arrebatando niñarrobas de los brazos de sus familias y castigando con saña y esplendor a ciudadanos despistados y conductores imprudentes. Se permite incluso alardear en terminología psicopedagógica de los beneficios registrados en sus tablas estadísticas, como si fuéramos una más de las ratas de Skinner (el de los Simpson no, coño. Lean un poco, joder), presa de "su propio bien" y participando a tope en un intento forzoso de construir una sociedad modélica. Mientras tanto, una legión de gatos afortunados (autoescuelas, abogados y peritos de no-sé-qué) se disputa su pitanza cada vez que el mecanismo de la jaula se activa y algún ciudadanarroba recibe el chuchazo correspondiente.






En efecto, amigarrobas, el miedo a ser libres nos mantiene bajo la sumisión de un gobierno paternalista que hace pagar a justos por pecadores y alimenta a algunas especies en detrimento de otras. Desgraciadamente, el camino hasta el corazón del Leviatán, ese que debe recorrer una nueva generación con conciencia de ciudadanía y de democracia, sin temor a mirarse al espejo y afrontar sus defectos, se encuentra bloqueado por el miedo de unos papás y unas mamás asustadizos que no quieren que sus hijarrobas aprendan a cambiar el mundo, no sea que luego les de por hacer de él lo que les salga de los huevos (1).





(1): Entiéndanse aberraciones del tipo de no bautizar a sus futuros hijos o ponerles nombres de mierda, abortar a la zorrina, casarse con una persona del mismo sexo y todo ese tipo de bizarradas gore que están de moda. 

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